Analista Política Internacional
Máster RRII Europa-América Latina (Bologna)
Abogada - Politóloga - Socióloga

Bástate con mi gracia

Publicado el 19/11/2017 por Gretel Ledo

gracia

 

 

Que no me vean caída. Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol.

Los árboles mueren de pie. Alejandro Casona

 

 

Apariencias. Ilusiones. Mundos de ficciones. Mostrarse. Venderse. La cáscara externa puede estar muy bien maquetada pero interiormente se desdibuja la esencia del alma. The show must go on. Los costos a pagar son dejados a un lado a la hora de realizar una ponderación casi salvaje del aquí y ahora. Externalidades que cobraron el peso suficiente como para desplazar al ser almático.

Trazar planes, perseguir metas, fijarse obstáculos a superar están presentes en la vida de toda persona. El punto es indagar hasta dónde forzar situaciones. Hasta dónde montar una obra de teatro de mi propia vida. Muchos aconsejan: “hay que poner el cuerpo”, ¿y si no se trata sólo de eso? “El hombre propone y Dios dispone” es más que una simple frase. Encierra en sí un trasfondo espiritual que pocos están dispuestos a indagar.

Podemos estipular minuciosamente hacia dónde queremos llegar. Podemos diseñar estrategias, contactar personas y sacar lo mejor de nosotros mismos y aún así queda un gran detalle pendiente: lo invisible, lo impredecible. Es que hay algo que va más allá de nosotros mismos y de nuestros esfuerzos por conseguirlo. Entramos a la esfera de la gracia.

La gracia entendida como el favor de Dios inmerecido nos coloca en el plano de la recepción sin haber realizado nada a cambio de manera previa. Lo recibimos y punto. Es un regalo. Un regalo se recibe en una ocasión especial, una celebración o simplemente un gesto de afecto hacia el prójimo. Damos un regalo porque nos sentimos queridos por ese otro. Ese otro primero nos dio a nosotros y después nos sentimos en deuda. Como todo en la vida, quien siembra amor cosecha amor. Con Dios es distinto. Recibimos regalos sin merecerlos. El favor divino nos lleva a puerto seguro.

La línea directa al cielo nos llena de su gracia. Para estar conectados a Él hay que rendirse. Quizás tenga una connotación fuerte el hecho de saber que se trata de una entrega. Por el contrario, es reconocerlo a Él en medio de todas nuestras cosas. Presentar esos planes que ocupan un espacio en el corazón ante su presencia. Cuando buscamos a Dios con todo el corazón lo hallamos (Jeremías 29:13)

¿Cómo saber que tenemos la gracia de Dios? Una persona llena de la gracia divina es bondadosa, humilde, no altiva, tiene un espíritu de perdón, no guarda rencor, no es quejosa. Se mantiene firme en momentos de prueba. Las pruebas son primeramente para moldear nuestro carácter en pos de llegar al mayor de los desafíos: el dominio propio. La prueba es la instancia para resultar promovidos de nosotros mismos. De nuestro estadio de debilidad.

El Espíritu de Dios se expresa a través de nosotros y entre nosotros. A los humildes Dios da gracia (Proverbios 3:34). Un corazón rendido es el tesoro más preciado que podemos ofrecerle a Él.

Las acciones de caridad y los gestos a los demás pueden ser algunas de las pinceladas de la bondad pero lo fundamental es un corazón rendido a sus pies. El mismo Jesús oró: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). No oramos para que nuestra voluntad se haga en el cielo, sino la de Dios en nuestras vidas.

Un corazón lleno del favor de Dios es un pasaporte al infinito mundo de los milagros.

 

 

Buenos Aires, 19 de noviembre de 2017

 

Por Gretel Ledo

Twitter: @GretelLedo

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